Galicia es nombre de mujer

 

Foto Mural
Mural en Arcade, Galicia. Foto de la autora.

Galicia, abuela y madre mariscando de Sol a Sol, arrugada, de frente sudorosa y quemada. Así la imagino con frecuencia y así siento que la han retratado en el mural al que me gusta llamar La ría de las delicias, porque me recuerda a mi bienquerido, El Bosco, en una versión cubista y colorida que sabe a salitre. Me imagino en unos años paseando como ahora con mi compañero y mi hija, lejos ya de sus recién cumplidos cinco meses y preguntándome ella qué hace esa mujer y por qué es tan grande en comparación al resto de elementos que la rodean.

Foto Mariscadora mural
Mural en Arcade, Galicia. Foto de la autora.

Por descontado asumo que su genética y educación familiar mantendrán su curiosidad innata. Hasta podría preguntarme, por qué no, cuál es la razón de que esté agachada así, en vez de cuidar su espalda y rodillas manteniendo una postura más cómoda. Yo improvisaría entonces un discurso que pasaría rápidamente de la importancia de cuidar el pellejo que habitamos a la necesidad de priorizar en la vida. Tarde o temprano sé que terminaría hablando de la mujer que esquiva nuestra mirada, pregunte o no mi hija sobre este hecho que puede indicar concentración o timidez en otras partes del mundo. Aquí, la mujer gallega tradicional, tiene la obligación impuesta y autoimpuesta de dominar la casa y de disimular que lo hace. Puede sonar extraño, así que pondré algunos ejemplos.

Pienso en la mujer que lleva las cuentas de su casa y no tiene dinero al que llamar propio, en la mujer que deja caer billetes en las manos de su marido por debajo de la mesa cuando van a comer por ahí para que pague él y en la que regala monedas a sus nietos cuando están a solas y sin mirarles a los ojos. Es por esto que la mujer gallega de siempre, chiquita con frecuencia en constitución y achicada socialmente, se reconoce en este mural como motor económico y fuerza de trabajo, dentro y fuera de su hogar. Me refiero a una economía que valora hace décadas un producto como el marisco sin mirar las manos que lo trabajan. Nadie duda de que en la Galicia de interior el trabajo era igualmente arduo con los animales y especialmente bueyes y vacas, trabajando el campo hasta caer la noche; ahora bien, aquí, a pocos metros de la orilla de una ría que no sabe esquivar al Atlántico, se reivindica también la belleza de las mujeres que ignoraban su lugar en la historia y en la sociedad, conscientes solo de que debían pasar todo lo desapercibidas que les fuera posible.

Esta es también la razón de que pocas mujeres, pero igualmente fuertes y preocupadas por proteger a los suyos, se hicieran conocidas en una tierra con nombre de mujer y a la sombra de los hombres. Una tierra que les llamó brujas y a veces las torturó y quemó cuando habían heredado propiedades o eran señaladas entre sus vecinos por destacar en algún sentido. Pienso en María Pita enfrentándose a los ingleses y en las Marías de Santiago de Compostela, la estatua que se pinta de colores cada cierto tiempo para recordar a las hermanas que no tuvieron miedo de ser objeto de burla por sus ropas de colores y alzar la voz en las calles de la capital. Convendrá un inciso, en esta charla que proyecto tener con mi hija, para advertirle que las víctimas son también verdugos con facilidad, y este caso no es una excepción. La misma mujer que se queja y jacta -a partes iguales- de criar numerosos hijos sin la colaboración de su pareja, es la que insta a sus hijas a cocinar y recoger, mientras ellos hablan alegremente en la sobremesa, con café y chupitos.

Qué necesidad constante de revisar nuestro pasado y presente para hacer un futuro mejor. Hoy paseo con mi compañero y con mi nena, de la nueva generación, y sé que quiero que crezca prudente y sin miedo de mostrar sus talentos, aunque suene casi contradictorio. Camina él con ella contra el pecho, lo más cerca posible del corazón, frente a un mural de 2011 cuyos autores ya ponían de manifiesto que algo está cambiando. No nos limitemos a ser testigos.


Foto con Mica

Isabel Áurea Docampo Silvares, gallego-mallorquina de 26 años, es maestra de Primaria y se forma como profesora de español para extranjeros. Actualmente revisa sus raíces y educa con su compañero Rafa a la pequeña Micaela para que sea rebelde como su abuelo, el artista Miguel Docampo, y sus padres.

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