Criar arañas no es un negocio próspero

 

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Foto tomada de Pixabay

Después de mucho tiempo cerrada, una habitación vacía se convierte en el lugar ideal para criar arañas. No tienes que hacer mucho, no tienes que alimentarlas, si se acumula el polvo mejor, con un poco de tiempo y suerte puede que encuentres tarántulas o arácnidos venenosos. Es un negocio a largo plazo que deja pérdidas.

En las escuelas nos dedicamos a criar arañas en las bibliotecas. Se cierran con todos sus libros y estanterías, construyendo espacios perfectos para que las arañas tejan sus redes y construyan nidos fuertes y rígidos. Criar arañas es lo único que podemos hacer en las bibliotecas abandonadas a causa de la crisis económica y las excusas que forjamos alrededor de esta debacle comercial.

En mis años de estudiante teníamos una biblioteca abierta y abastecida. Era común aprovechar la hora de almuerzo para navegar entre ríos de orillas metálicas y escalonadas, en donde dormitan los libros en espera de un apasionado lector que decida escogerlos. Posiblemente me llevé un centenar de libros y estoy seguro de haberme leído toda la sección de literatura juvenil que la escuela S. U Joaquín R. Parrilla tenía en inventario. En la profunda reflexión de maestro de español que hago, que también hicieron mis colegas, descubrimos, entre nostalgia y lamentación, que el cierre continuo de bibliotecas profundizó el abismo de ignorancia y falta de iniciativa hacia el aprendizaje autodidáctico.

No podemos culpar de primera mano a la clausura. En Puerto Rico tenemos una falta de iniciativa y diligencia por una parte de la clase profesional. Se ha vuelto raro encontrar un empleado que dé el máximo en sus labores y, aparte de aquellos que aman su trabajo, son muy pocos los que aprenden de las innovaciones de su mercado. Es triste que Puerto Rico sea así, pero eso es un tema para otra columna.

Soy producto de la escuela pública, vestía un polo amarillo los miércoles en representación del Club de Biblioteca al que pertenecía. La bibliotecaria, la señora Beatriz Rivera, me enseñó el gusto por la lectura y el amor por el idioma español. Recuerdo el sinnúmero de actividades que planificó para el enriquecimiento del estudiantado. Me beneficié de ello, mi hermano también y sé de muchos otros que obtuvieron recursos educativos de ese lugar. La señora Rivera, contrario a muchos bibliotecarios, era una bibliófila y era capaz de relacionar, como a dos amantes, a un libro y a un lector. Conocía a todos los que entraban allí, preguntaba opiniones sobre el libro prestado y se encargaba de que entendiéramos el contenido de lo que leíamos. Me recomendó tantas novelas que en tres años de encuentros me considero “libroriego”.

Si tuviésemos bibliófilos y no custodios, los espacios literarios serían la última opción a un cierre ante la economía derrumbada. Tendríamos lugares de refugio para los niños solitarios y recovecos culturales para aquellos que quieren descubrir los mundos que la distancia mantienen aislada de nosotros.

El déficit educativo global nos obliga a buscar opciones nuevas y revaluar las viejas. En esta época tecnológica es de gran importancia que abracemos el cambio e integremos los componentes tecnológicos con las tradiciones más antigua. En la actualidad es pertinente tener espacios literarios donde el estudiantado encuentre los conocimientos que las materias actuales no ofrecen, acompañados de guías con el peritaje y la pasión para señalar las herramientas adecuadas como lo hizo la señora Rivera conmigo.

Una intensa búsqueda por el aprendizaje significativo debería llevarnos a esas puertas cerradas en donde Cortázar, Gabo y Borges, los libros interactivos y los clásicos puertorriqueños, como La guagua aérea, esperan. Estas bibliotecas encierran respuestas a nuestras interrogantes acerca de la caída educativa que sufre el país.

El planteamiento nos lleva a la inequívoca conclusión de que criar arañas no es un negocio próspero y que deberíamos regresar a los tiempos del cultivo de mentes y almas a través de la lectura y la grata compañía de bibliotecarios apasionados. A fin de cuentas, si pasas algún tiempo junto a un bibliófilo descubrirás cuán real es el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.


33867816_2156125004400038_7439403722024681472_nGerardo A. Serrano es un orgulloso patillense que emigró a San Juan para realizar sus estudios universitarios en la Universidad del Sagrado Corazón. Graduado del bachillerato en Educación, y con una maestría en Creación Literarias en curso, Gerardo Serrano se encamina hacia el mundo literario.

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