Atrapada en aquel parque

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Foto de https://www.pexels.com/

‘‘Viajar es vivir’’ es mi frase-escudo cada vez que siento la necesidad de emprender camino a un nuevo destino. Hace unas semanas, convencida de que necesitaba -y sigo necesitando- vivir más, decidí presenciar el majestuoso espectáculo que ofrecen las Cataratas del Niágara. Cinco días no fueron suficientes para saciarme con cada atracción turística y no turística. Y, aunque pudiera redactar una lista repleta de recomendaciones sobre qué hacer estando allí, en esta entrada pretendo concentrarme en un momento particular.

Era mi cuarto día en Niágara. Como parte de un pase turístico que compré, visité el Floral Showhouse. La estructura, en la que aguarda una colección de orquídeas, suculentas y otras especies de flores tropicales, tiene una forma semi triangular y está hecha en cristales que filtran una tremenda cantidad de luz que irradia todo. Tantos colores vibrantes al mismo tiempo me hacían sentir como Alicia en el país de las maravillas.

Al salir del escaparate floral, caminé por un pequeño parque en el que había seis casas miniaturas o “de muñecas”, como le llamaría mi mamá. Todas tenían la misma fachada de colores sólidos combinados con blanco. Me distraje observando a un grupo de turistas que emocionados tomaban fotos y videos de aquellos hogares mientras comentaban: ‘‘My dream house will be like this one, or like that one’’. Ellos sonreían y yo me extasiaba con su felicidad, con el lugar y con el momento. Entonces me sorprendió el ruido de un tren miniatura que, localizado en el mismo centro del parque, rodeaba una charca artificial y las casas miniaturas. Ocupé el banco que quedaba más próximo a la charca y me dediqué a detallar los movimientos del tren.

No tardé mucho en cerrar mis ojos y sentir que desde el interior estaba viviendo un instante perfecto. Deseé con fervor quedar atrapada en aquel parque. A lo lejos escuché el cantar de un pajarito y las risas del grupo de turistas que aún fantaseaban con la casa de sus sueños. Sentí la brisa calmante de un clima de 70 grados, nublado y con algunas gotas de lluvia que caían sobre mi cabello. Volví a abrir los ojos y miré el tren recorriendo sus rieles. Varias personas buscaban el ángulo ideal para tomar videos e intentar conmemorar ese momento. Yo ya lo había logrado.

De vuelta a mi hogar, he visto por la calle los rostros angustiados de siempre, he vuelto a escuchar las quejas sin fin de mis compueblanos y he tenido que presenciar las discusiones familiares superficiales. Y entonces me pregunto: ¿por qué no hay parques con trenes y casas miniaturas en mi Isla?


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Alison K. Rodríguez Feliciano graduada de Periodismo de la Universidad del Sagrado Corazón. Fue relacionista de la Agencia del Servicio Forestal de los Estados Unidos y asistente de comunicación interna en la Biblioteca del Congreso. Autora de reportajes sobre conservación ambiental, agricultura sostenible y derechos humanos.

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