Hay pérdidas que una cuenta de ahorros no compensa

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Photo by Giallo from Pexels

Tras el huracán María, desastre que dejó a la mitad del país sin trabajar durante semanas, cualquier oferta de empleo parecía un milagro. “Mientras más horas mejor, otros no tienen empleo todavía”, era la idea general. Yo también así lo creía.

De lo que no nos percatamos fue de cómo aquellas ofertas “milagrosas” nos llevarían a esclavizarnos a cambio de más dinero, más horas de trabajo y de estar “bien parados” ante una sociedad en la que todos desmerecemos en cualquier momento.

Fue así como muchos nos aferramos a todas las oportunidades laborales que aparecieran. No queríamos soltar ninguna, aunque sacrificáramos hasta las horas de sueño y una parte de nuestras vidas desapareciera. Muchos nos convertimos en un sistema ambulatorio que solo servía para trabajar.

Después del huracán todo era incierto. Así que supongo que nos intentábamos preparar para cualquier eventualidad.

Pero, ¿a qué costo?

En esos días me ofrecieron la oportunidad de un trabajo adicional que consumiría todo el tiempo que me restaba. Comencé a trabajar turnos de 13 y 16 horas consecutivas de trabajo durante los días libre de mi otro empleo, en el que sí me daban horarios normales. Me descubrí a mí misma defendiendo un tipo de esclavitud a cambio de un par de pesos. Incluso, llegué a considerar dejar un empleo “normal”, divertido y estable por otro que únicamente me agotaba. A pesar de que no era feliz, lo hacía por tener más dinero para “el futuro” o para salidas que luego supe eran imposibles porque no tenía tiempo alguno libre.

Cuando hacemos esto ignoramos las posibilidades de construir anécdotas para nuestros hijos, renunciamos a las historias que harán de nuestra vida algo verdaderamente interesante, renunciamos a convertirnos en algo que no vamos a lamentar porque no estamos viviendo cada momento.

Tomó una semana para que todos notaran la tristeza que se había alojado en mí. No era la primera vez que mi vida consistía puramente en trabajo, pero sí era la primera vez que me sentía explotada a pesar de que, siendo justa, era un trabajo que me gustaba y en el que conocí a personas excepcionales con las que espero mantener contacto.

¿Cuándo pude decir basta?

No fue hasta que otra maravillosa oportunidad me abofeteó en la cara que entendí a lo que había accedido: no disfrutaba mi vida, no le estaba dando tiempo a mi cuerpo para descansar, llevaba días sin ver a mi familia aunque vivimos bajo el mismo techo y, en fin, estaba cultivando una vida sin aventuras, sin emociones, sin nada que contar.

Fue entonces que supe lo que tenía que hacer: vivir y estar allí donde soy feliz.

 


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Angélica Y. Novoa Ríos estudió Periodismo y Fotografía. Es una apasionada de la literatura. Le encanta leer y escribir.

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