A mi príncipe (que cumple 16)

 

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Foto de http://www.pexels.com

Si un hombre me ha hecho sufrir en esta vida, sin duda has sido tú. No, tu hermano no tiene cabida en este escrito… ese es otro tema. Llegaste a mi vida sorpresivamente, cuando ya había decidido dejarte de buscar. Y en el momento en que supe que estabas conmigo, me propuse algo muy importante: no iba a ser como mi mamá.

Tampoco puedo decir que de entrada todo fue perfecto. Los primeros tres meses no volví al médico para ver cómo todo fluía, no por ignorancia de juventud, sino más bien por ser esa primera experiencia que no todas sabemos manejar. La verdad es que vivía con un miedo horrible al día en que me encontrara con tus ojos. Debo decir que tú tampoco cooperaste mucho. Mi estómago no sostenía nada, dormía demasiado y comía como demente. Comprendí muy tarde que eso de comer por dos, no es del todo cierto. Y llegaste. La miopía me impidió disfrutarte; no te veía. Luego me impidió verte la ictericia. Me levanté como pude y superé aquel largo pasillo que me separaba del príncipe que había llegado a mi castillo. Pero, como todo amor, no me sentía del todo segura de esta nueva relación que iba a enfrentar en la vida.

Con los años, esta relación no ha sido ni un poquito fácil. Han sido años enfrentando de todo. Y tú insistes en no cooperar, al parecerte tanto a mí, en lo físico y en el interior. Te antojaste de heredar hasta la miopía y esa dificultad para las matemáticas. Y me consta que crecer en este castillo, se te ha hecho muy difícil. Que has tenido que luchar con la fuerza de una reina y un rey que te exigen demasiado. A pesar de todo, eres un duro. Tienes una mano increíble para la tierra y las plantas. Eso no lo heredaste de mí, que ni tan siquiera me germinaron las semillas en el algodón. Tienes una fuerza increíble para dejarlo todo en el tatami y demostrar lo que eres capaz de aprender y un vozarrón que cualquier coralista con tu mismo registro vocal sería capaz de admirar.

De momento, de tanto mencionarlo tus próximos 16 años han llegado y me han golpeado en la cara. Estás tan alto, tan grande, tan hombre. Se me escurren por las manos esos años en que te veía gatear con ímpetu. Las veces que te hice el avioncito. Aquella vez cuando sin darnos cuenta untaste Desitin a todo lo que encontraste y bañarte se nos hizo un suplicio. También aquella caída de madre que te diste en la escuela. La toga fluorescente de sexto grado y la gris de octavo.

Aun viéndote a diario en la misma escuela donde trabajo, verte crecer se me hace duro. Ya vas para grado 11. Al fin le has cogido la importancia a sacar buenas notas y ¡tienes novia! También una licencia de aprendizaje recién sacada y un trabajo de verano.

Sin embargo, sigues siendo mi príncipe, mi primer amor, aunque te pida besos de piquito y me los niegues. Sé que un día, cuando menos lo imagine, te veré desfilando con tu toga de cuarto año, buscando la forma de forjarte en la vida.

Y volverá a pasar ante mí, como una película, tu vida. Y viviré agradecida de que hayas llegado cuando no te esperaba. Aunque la vida te dé un rumbo diferente al mío, siempre ten en mente que eres mi amor verdadero y como diría esa canción de la película Coco: “El amor verdadero nos une por siempre, en el latido de mi corazón”.


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Marta Raquel Montero es madre, mujer, maestra, la reina de un príncipe, la rosa de un principito. En guerra por un corazón roto y partiéndome la vida por un doctorado. Amo leer, escribir y anudar. Vivo nadando en un mar de metáforas y soy amiga íntima del sarcasmo.

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