Volver a casa o la nostalgia tras un verano en Minnesota

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Me prometieron un verano caluroso y yo preparé mi mini maleta llena de pantalones cortos, camisas refrescantes, un par de sandalias, mis viejas converse que una vez fueron negras y otros zapatos nuevos por si acaso, por si acaso salía, por si acaso las necesitaba o por si acaso nunca las usaba aunque ahí estaban. Completé mis outfits y cerré mi maleta, lista para unas vacaciones calurosas en el estado de Minnesota. Me monté en el avión, llegué al estado, ojalá hubiera sido tan sencillo como se los cuento, pero esa es otra historia y hoy no me quiero desviar.

Llegué en la noche como búho hambriento, me reencontré con mi familia y no podía contener la alegría. Prontamente descubrí que había sido engañada, no hacía calor, no como en mi Puerto Rico: “De cuando acá se dice calor a estar en 60 grados”. Me ponía mis pantalones cortos más por fuerza de voluntad que por comodidad. Digo orgullosa que nunca usé un pantalón largo, esa fue mi terquedad porque todavía me quedaba la esperanza de que un día empezara a calentar y si no… sabía que al entrar a un edificio ya no tendría tanto frío. Llevaba mi oración de support matutino listo: “Keyra ya solo tienes dos opciones, te acostumbras al frío o te congelas. Lo que pase primero”.

Pero con mi bufanda agarra’ de la cartera pa’ cuando me rindiera, gracias al señor, no me congelé. Tampoco me acostumbré.

Los veranos en Minnesota no son como los míos, no hay playas pa’ coger sol, ni chinchorros pa’ comer rico, solo hay muchos lagos en los que ni siquiera pensé zambullirme. Por si fuera poco, la comida más cercana estaba a 45 minutos de distancia. Nunca añoré tanto a mi isla como en aquellos días de comida desabrida, sin sabor a casa.

Con todo, un día me escapé un día a admirar el espacio. Era hermoso, aunque de una manera muy distinta. Estaba en el estado de los mil lagos, así que no importaba adonde mirara siempre había uno a la vuelta de la esquina. Admiré a los patitos con su mamá nadando, descubrí venados al lado de la carretera –vivos y muertos–, y en toda la belleza que reconocía yo solo buscaba las montañas de mi isla. Esas que sin importar donde estés, norte, sur, este u oeste, están ahí para recordarte que estás en casa.

En Minnesota las personas eran como la vista: tranquilas, silenciosas y agradables, pero no eran mi hogar. No estaba en casa. Eso mi cuerpo y mi corazón lo sabían. Extrañaba el movimiento, el ruido y, más que nada, extrañaba las charlas cortas con un desconocido.

Al cabo del verano estaba deseosa de otro contacto humano que no fuera el familiar, aquel reservado a los confines de la casa en la que me vacacionaba. Lo hallé en el aeropuerto cuando me encontré con otros puertorriqueños que, como yo, querían volver. Esperando al regreso, mientras ellos me contaban sus vidas, yo solo podía pensar: “qué bien se siente regresar”.


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Keyra Michelle: graduada de educación, maestra por locura y algo de vocación. Narradora de historias divertidas, amante del chocolate y las conversaciones largas a las 3:00 a.m.. No sabe qué le depara el futuro, pero si hay un libro con chocolate caliente y luego una libreta con un lápiz, es suficiente.

 

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