Zona de tránsito detenida

dav
El peñón de Gibraltar (foto de la autora)

Todo viaje implica atravesar determinadas fronteras, territoriales o emocionales, reales o simbólicas, sutiles o evidentes. Lo cierto es que el desplazamiento nos obliga a percatarnos cuán acostumbradas estamos a que nuestro movimiento esté pautado por las distintas variantes de frontera que condicionan nuestra existencia. Atravesamos diariamente las fronteras amables que nos devuelven a nuestros barrios, de vez en cuando, nos desplazamos algo más y cruzamos las fronteras que delimitan pueblos y ciudades. También nos enfrentamos a las fronteras que conforman estados y que, al igual que otros mecanismos de regulación,  son entendidas como parte fundamental de la soberanía de los mismos. A medida que las leyes migratorias se hacen más restrictivas, las fronteras se militarizan y perfeccionan esa dualidad constitutiva que hace que los flujos de los capitales se potencien, a la vez que se penaliza la migración de aquellos damnificados, precisamente, por la acumulación de esos capitales que no conocen fronteras. O que, dicho de otra forma, necesitan de las fronteras y sus violencias para fortalecer su hegemonía.

Atravesar fronteras entre estados suele ser una experiencia tensa y, dependiendo de nuestra situación administrativa, puede ser violenta. De ahí que nuestras emociones oscilen entre la expectativa ante la aventura del viaje y el temor causado por la vulnerabilidad que las burocracias migratorias nos hacen experimentar. De esta forma, las fronteras de los estados se corresponden también con nuestras emociones y perfilan nuestras narrativas, que tienen como punto de inflexión el momento en que el paso migratorio da lugar a un estado animal de alerta. A partir de ahí podremos definir el género en el que se encuadra nuestro relato de viaje. Porque sí, la lógica de las fronteras permea nuestras vidas, nuestros tránsitos y nuestras formas de contarlos. Porque, aunque se presenten ante nosotros como realidades inmutables, nuestros gestos –dar el pasaporte, responder al interrogatorio, imprimir las huellas digitales– son parte de las rutinas que vuelven tangibles las fronteras, esas cicatrices territoriales que se encarnan también en nuestros cuerpos.

Por todo esto, cuando me percaté que había olvidado mi pasaporte justo en el momento en el que me disponía a cruzar la peculiar frontera que separa La Línea de la Concepción, en el sur de España, de Gibraltar, territorio británico de ultramar que se sitúa en la propia península ibérica, empecé a construirme un relato frustrado de un viaje de cumpleaños echado a perder. Y es que, sin saberlo, mis ideas convencionales acerca de los controles fronterizos –esto es: aeropuertos, funcionarios poco propensos a la amabilidad, la sensación permanente de sentir que se tiene algo que ocultar– le habían jugado una mala pasada a mi subconsciente. No había tomado en cuenta que la ciudad a la que me dirigía no forma parte del espacio Schengen, lo cual complica bastante más el tránsito. Sin embargo, mi doble nacionalidad boliviana-italiana (esto es: boliviana, pero a efectos administrativos, italiana), una vez más, me facilitó el tránsito.

Gibraltar, esa pequeña península de algo menos de 7 km², que se encuentra dentro de otra península mucho más grande, está bastante cerca de donde vivo. Pero esa cercanía territorial no se corresponde con la realidad política. Se trata del paso fronterizo entre dos estados que nunca han estado de acuerdo acerca de las definiciones políticas que conciernen a este territorio en disputa, con todo lo que esto conlleva: verjas, aduanas, funcionarios serios, filas de espera, etc. Además, se trata de la frontera entre dos estados gobernados por monarquías. Como latinoamericana, la pervivencia de las monarquías siempre me ha resultado arcaica, una suerte de exotismo casposo a la inversa, si tal cosa puede existir. Y así, monárquicamente, los conflictos se remontan a una guerra de sucesión a principios del siglo XVIII. Con el Tratado de Utrecht, que puso fin al enfrentamiento bélico entre distintas monarquías europeas, España cedió a perpetuidad a la corona británica el peñón de Gibraltar, así llamado por la formación rocosa que alcanza los 411,5  metros de altura, y que ocupa gran parte del escaso territorio británico de ultramar. A lo largo de los años, los conflictos y las tensiones políticas se han ido sucediendo, ha habido dos referéndums para preguntarles a los gibraltareños –también conocidos como “llanitos”– si desean seguir siendo parte de la corona británica. En ambos casos, la respuesta afirmativa ha sido abrumadora, con más del 95% de los votos a favor. Sin embargo, en el caso del referéndum para decidir si el Reino Unido debía seguir dentro de la Unión Europea –el Brexit– la mayoría de la población gibraltareña votó en contra de la salida. Esto pone de manifiesto algo evidente: Gibraltar está fuertemente ligado al estado español. Si políticamente la relación es tensa, ya que la soberanía está en disputa, a nivel económico las cosas son mucho más complejas para un territorio que ni siquiera tiene tierra suficiente para producir ninguno de sus alimentos, a la vez que el estado al cual responde se encuentra a miles de kilómetros.

dig
Restaurante en Gibraltar (foto de la autora)

En la narrativa española la frontera con Gibraltar está constituida por una negación, algo muy común en los estados que pierden territorios que, a lo largo de los años, se mantienen en disputa. “Gibraltar español”, es una frase que, según en qué espacios una se encuentre, todavía puede escucharse. Mientras atravesaba la verja que separa a los dos estados, pensaba en la siguiente paradoja: España la colonizadora, ese estado que responde más a una idea de imperio que de nación, como apunta el filósofo José Luis Villacañas, debe confrontarse día a día, especialmente en el lugar sobre el que ahora escribo, con un fragmento de la península destinada a ser, a perpetuidad, colonia británica, aunque oficialmente el status del peñón sea, desde 1969, territorio de ultramar. Sí, pienso, las fronteras también están trazadas con la contundencia de las derrotas históricas en las que se gestaron.

Siempre me ha parecido que las ciudades de frontera son lugares en los que tanto el trazado de las calles como el urbanismo en su conjunto están condicionados por esa violencia estatal que criminaliza los flujos humanos, mientras, de una manera perversa, los utiliza para obtener beneficios de ese tránsito lleno de obstáculos. En La Línea de la Concepción esta violencia de frontera se vive de una manera mucho más sutil, tratándose de flujos que se producen entre territorios europeos. Sin embargo, la condición, en cierta forma, colonial frente a Gibraltar se muestra, en su faceta más despiadada, en la desolación del paisaje urbano en las áreas más cercanas al paso fronterizo propiamente dicho. La Línea fue una ciudad que nació como parte de una estrategia defensiva española ante lo que se percibió como políticas de expansionismo británico. Gibraltar fue creciendo y ocupando parte del istmo que no estaba mencionado en el Tratado de Utrecht. De ahí que la monarquía hispánica decidiera sitiar Gibraltar en varias ocasiones, ninguna de ellas con éxito. Con el paso de los años, lo que había sido un campamento de provisiones para el ejército, que nació al calor de los asedios, se convirtió, a medida que la tensión entre las monarquías fue disminuyendo, en una ciudad fuertemente dependiente de los intercambios comerciales con Gibraltar. Algo que, a día de hoy, continúa siendo una realidad. Actualmente, La Línea es la segunda ciudad española con más desempleo. Por ello, diariamente, muchos linienses se desplazan a trabajar a la ciudad británica. Esta dependencia ha condicionado la historia de La Línea de la Concepción que, a lo largo de los 13 años que durante la dictadura franquista se bloquearon todos los accesos al peñón, entró en un declive del cual nunca se recuperó del todo. El paso fronterizo volvió a abrirse en 1985, y desde entonces, el tránsito es continuo. Muchos españoles y españolas cruzan simplemente para comprar tabaco, ya que en Gibraltar es más barato, algo que también ha generado una densa red de contrabando.

Si hoy en día una busca en google noticias acerca de La Línea, prácticamente la gran mayoría de ellas estará centrada en el narcotráfico, que se ha convertido en un gran problema social y en una suerte de espectáculo mediático en las noticias diarias. Se dice que los narcotraficantes tienen “contratadas” a unas 3000 personas de la ciudad, que los agentes de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado no dan abasto para detener el tráfico, que el descaro de los traficantes es cada vez más mayor. Tan sólo unas semanas antes de mi viaje, un grupo de encapuchados irrumpió en un hospital público, a plena luz del día, para rescatar a un conocido narcotraficante que había resultado herido en la persecución policial que finalizó con su detención. Los dos agentes que lo custodiaban no pudieron hacer nada.

Paradójicamente, las ciudades de frontera suelen ser peligrosas, pese a la cercanía de los dispositivos migratorios que ejercen, mediante rígidas burocracias, la soberanía estatal y la legitimidad para defenderla con la violencia que sea necesaria. Pienso que esa paradoja, en realidad, es una consecuencia. Y que la violencia estatal de las fronteras produce otros tipos de violencia que trazan paisajes a su medida.

IMG_20180616_152039
Macaco o mono en Gibraltar (foto de la autora)

Para llegar al paso fronterizo con Gibraltar, hay que atravesar la avenida 20 de abril que, según un proyecto cuya ejecución lleva paralizada varios años, debería ser un bulevar comercial. Algo que es cierto sólo a medias, ya que sólo se completó la primera parte del proyecto, donde, efectivamente, se pueden ver unos cuantos módulos comerciales en funcionamiento. El resto de ellos son tan sólo esqueletos de metal que parecen jaulas de un zoológico en ruinas. En el horizonte, destaca el peñón de Gibraltar, que contrasta con un escenario más propio de una película distópica de zombies. En el parque municipal que transcurre a un lado del bulevar se encuentran los búnkers defensivos de la segunda guerra mundial, que atestiguan otra etapa conflictiva entre los dos estados: aquella en la que la España franquista, cercana a la Alemania nazi, temió un ataque británico. Al otro lado del bulevar, se encuentra un polígono industrial con varias naves abandonadas y con otras ocupadas por restaurantes tan inverosímiles, como uno de comida china con las ventanas empañadas y las paredes desteñidas, que cuesta creer que siga en funcionamiento.  Curiosamente, las mesas de los bares que están abiertos suelen estar ocupadas. Mientras caminaba por allí, tenía la angustiosa impresión de que la mayoría de las personas que permanecían en los alrededores se correspondían con el escenario desolador, como del fin del mundo, que había que atravesar para llegar a Gibraltar. Parecían anclados en la espera, retenidos por fronteras imperceptibles para mí pero que habían dejado marcas en sus cuerpos, en sus miradas invariablemente muertas.

Mi viaje, sin embargo, tenía como principal objetivo algo muy diferente a la lógica de las fronteras y sus mecanismos perversos. En el peñón habitan unas 220 monas o macacos de Gibraltar que son los únicos primates –a excepción de los humanos– que viven en libertad en toda Europa. No se sabe a ciencia cierta cómo llegaron, lo cual nos indica que llevan allí más tiempo que el que tiene la frontera del istmo. Según una creencia popular, el día que deje de haber monas, los británicos abandonarán el peñón. Esto le preocupaba tanto a Churchill que mandó a traer más ejemplares durante la segunda guerra mundial, cuando quedaban pocos.

En el 2017, un macaco cruzó la frontera y se fue a pasear por los tejados de La Línea, para sorpresa de todos los que tuvieron la suerte de verlo antes de lo que llevasen de regreso al peñón. Me gusta pensar que esa mona era una pionera y que, dentro de unos años, ese escenario de desolación, esa zona de tránsito que por momentos parece detenida en la espera, estará habitada también por macacos que habrán hecho suyo el parque de los búnkers. Porque, me digo, no hay frontera que se pueda resistir a la astucia y a la voluntad de supervivencia de los macacos, mucho menos si, como está comprobado, su organización social es un matriarcado.


IMG_20180528_171912

Valeria Canelas: boliviana migrante, escritora, historiadora, cinéfila, ardilla de biblioteca. Actualmente realiza una tesis sobre la relación entre animales y humanos en la literatura latinoamericana. Su primer libro, Maquinería, ha sido editado en España y en Bolivia. De momento vive en Cádiz. Piensa que los gatos son superiores.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s