Del sobrepeso y otros demonios

Toda mi vida he luchado contra el sobrepeso. Podría mostrarles fotos de niña y verán que siempre fui gordita. Nada de eso de que tenía “baby fat” y que al crecer desaparecería. No, lo mío era obesidad y punto. Hice todas las dietas habidas y por haber. Visité nutricionistas, geneticistas, endocrinólogos, Jenny Craig, Weight Watchers, y me apunté en el gimnasio más de una vez. Lograba perder algo de peso, pero lo recuperaba con rapidez. En febrero de 2012 decidí que ya no aguantaba más, tenía que tomar acción y perder peso ya. Estaba pesando 267 libras a mis tiernos 23 años. Un conocido me habló de la Cirugía Bariátrica y la Dra. Ana Santos. Habiendo visto como él había logrado bajar de peso me armé de valor y saqué una cita.

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“Toda mi vida he luchado contra el sobrepeso”

Jamás olvidaré esa primera cita. Llegué a la oficina de la Dra. Santos en el Hospital Menonita de Cayey y descubrí que eran muchos los que al igual que yo sufrían batallando el sobrepeso. En esa primera cita me pesaron y la doctora me explicó que era candidata a un Gastric Bypass. Esta cirugía hace que el estómago quede significativamente más pequeño de lo que es. Para ser más exactos, en el “nuevo estómago” solo caben tres onzas de comida. Sí, tres onzas, leíste bien. La cirugía ocasiona que la comida obvie parte del intestino delgado reduciendo significativamente la cantidad de comida y nutrientes que el cuerpo absorbe. Esto ocasiona que el paciente pierda peso. La cirugía se realiza de forma laparoscópica y el paciente puede regresar a casa luego de dos o tres días en el hospital, si no sufre complicaciones, claro está.

Luego de que la doctora Santos me explicara el procedimiento, aún estando llena de dudas y miedos, dije que sí lo haría. Me tomaron toda la información de mi seguro médico y me refirieron a una batería de especialistas, desde cardiólogos e internistas, hasta profesionales de la salud mental, para verificar que estuviera preparada. La doctora me asignó a una nutricionista y me pidió perder 27 libras antes de someterme a la cirugía en un plazo de un año. Deseaba tanto perder peso que completé el proceso completo de evaluaciones médicas y pérdida de peso en ocho meses. Fue el 16 de octubre de 2012, a eso de las 7:30 de la noche, cuando entré al quirófano.

Ese día fue largo. Demasiado largo, diría yo. Me habían citado al hospital a 7:00 a.m., por lo que mis padres y yo salimos de Ponce a eso de las 6:00 a.m. para llegar a tiempo. Confieso que iba sumamente asustada y que incluso pensé pedirle a mis papás que nos regresáramos a casa y olvidáramos todo. Me mantuve pensando que llevaba una semana a dieta líquida en preparación para la cirugía y que si no me operaba el sacrificio no habría valido la pena. Así que me mantuve firme y llegué. Esperé largas horas hasta que me tocó mi turno de entrar.

Fui la última paciente del día ya que la doctora opera desde el caso más complicado hasta el más simple, según el peso del paciente y su edad. Increíblemente era la más “delgada” y joven en su calendario. Al despertar de la cirugía, que dura unas dos horas, sentí un dolor que aún hoy no lo he podido comparar con nada. No se me permitió ingerir alimentos o bebidas por las primeras 24 horas. Muchos pensarán que ha de ser horrible pasar 24 horas sin ingerir alimentos o bebidas, pero la realidad es que el paciente recién operado de cirugía bariátrica no experimenta hambre. Yo tardé más de dos años en volver a sentir hambre, y el día que la sentí pensé que tenía dolor estomacal.

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“Era sacrificado, pero cada vez que me subía a la bascula veía cómo el peso bajaba significativamente y esto me motivaba a seguir adelante”

Me operaron un martes y el jueves siguiente me enviaron a casa con una estricta dieta de líquidos claros y un drenaje que honestamente molestaba más que un pantalón bien apretao’ después de comer. A la semana de la cirugía removieron el drenaje y desde ese momento comenzó todo el proceso de reaprender a comer. Tras dos semanas a líquidos claros, la doctora autorizó que iniciara la próxima etapa de alimentación, que consistía en alimentos en forma de puré o cremas. Poco a poco fui comiendo cremas de viandas, calabaza, caldos, crema de maíz, y alimentos similares, todo en porciones de tres onzas y cada dos horas. Esta etapa, que duró dos semanas, fue bastante difícil pues cada vez que comía me daba mucho dolor. Posterior a esto, entré en la tercera etapa de alimentación, los majados y carnes desmenuzadas. Podía ingerir comidas como papas majadas y pollo desmenuzado, así como viandas y algunas verduras. Ya para enero del año entrante (2013; y sí, pasé las navidades comiendo así) comencé a comer “normalmente”, pero aún en pequeñas porciones de tres onzas y cada dos horas. Poco a poco la nutricionista introducía nuevos alimentos a la dieta, según mi “nuevo estómago” los iba tolerando. Recuerdo que las carnes rojas y el plátano verde fueron de los últimos alimentos que logré tolerar. Era sacrificado, pero cada vez que me subía a la bascula veía cómo el peso bajaba significativamente y esto me motivaba a seguir adelante. En un espacio de seis meses había perdido la mayoría de mi sobrepeso; un año después de la cirugía, había perdido 110 libras.

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“En este proceso aprendí a amarme más, a amar mi cuerpo y valorarlo”

Hoy en día continúo batallando con mi peso y mi autoestima. La pérdida no es permanente. Un paciente bariátrico que se descuida puede recuperar el peso perdido. Yo pensaba que esto era imposible, pero he visto muchas personas a mi alrededor que han recuperado las libras que habían bajado ya una vez. Así que la batalla es diaria. Hago lo humanamente posible por alimentarme bien y ejercitarme (aunque confieso que detesto ejercitarme). Aún así no me privo de mi pedazo de pizza si lo deseo o de algún antojo que tenga, pero todo siempre en moderación.

En este proceso aprendí a amarme más, a amar mi cuerpo y valorarlo. Aprendí sobre todo a cuidarme porque si yo no lo hago nadie lo hará por mi. He tenido que escuchar a muchos decirme que tomé la salida fácil para perder peso, pero yo sé muy bien que no fue así. Tomar la decisión de someterse a esta cirugía es aceptar que tu vida cambiará para siempre y estar dispuesto a así hacerlo. Fue sacrificado, pero cada vez que veo en mi closet esos mahones tamaño ocho me sonrío y digo: “Lo logré”.


 

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Frances Lange (Ponce, Puerto Rico, 1988) Según su diploma es abogada. Según ella: apasionada de los viajes, el maquillaje, el cine y el fútbol. Pasa los días tratando de conquistar el mundo desde su oficina en Hato Rey junto a sus fieles compañeros Jack y Penélope.

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