“El cannabis me devolvió a la vida”

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Crecí en una familia católica de características poco liberales, éramos conservadores en todo el sentido y si alguien hacía algo inadecuado, sería juzgado, especialmente por mi familia paterna; fumar marihuana jamás hubiera sido permitido. Mis papás se fajaron trabajando horas extras para darnos una educación en una escuela católica, así que hacerles una pachotada de cualquier tipo nunca estuvo en mis planes. Nunca vi a mis papás bebiendo alcohol, aunque mi papá es fumador y mi mamá tiene una gran debilidad por los dulces. Soy la menor de tres y, a pesar de mis papás tenían claro que todos teníamos una personalidad distinta, nos educaron de la misma forma. Mientras crecía y delineaba mi propia forma de ver la vida luché por no irme fuera de lo estipulado por mis papás. Después de todo, mis hermanos mayores también siempre fueron ejemplares.

En lo adolescencia rechazaba a los compañeros o amigos que usaban sustancias controladas. Siempre recordaba ese “dime con quién andas y te diré quién eres”. Pero el tiempo pasó y en la universidad me encontré con que la mitad de mis compañeros fumaban marihuana para lidiar con el estrés y ser más creativos. Estábamos en la carrera de Publicidad. Poco a poco desarrollé tolerancia por quienes lo hacían. Sin embargo, seguía sin soportar el olor y tenía miedo de romper la ley. Por eso, aunque me vi tentada en muchas ocasiones, no tuve el valor de fumar. “No le veo la necesidad”, pensaba. Por supuesto, así me lo enseñó mi madre durante 20 años. Fumar marihuana era para mí el camino al precipicio y a perder mi futuro.

A mis 24 años me sentía orgullosa de nunca haber fumado marihuana y de que el café fuera mi único vicio trabajando en las agencias publicitarias, en donde manejar el estrés y ser creativos es primordial. Sentía que era la tercera nena buena de los Rivera. ¡Jah! Y de repente la vida se detuvo y me dio la pela que mis viejos nunca me dieron.

Un día amanecía, intenté levantarme de la cama y no podía caminar. Mi vida se detuvo. De la angustia y el dolor de ese momento hasta la delicada operación de espina dorsal a la que me tuve que someter pasaron unos seis meses. Eran las 3:00 p.m. de un 25 de septiembre cuando desperté en una camilla completamente drogada. A la semana me descubrí tomando cinco pastillas al día, muchas con dosis repetida. Comencé a sentirme aturdida, bruta e incapaz, pero lo peor fue cuando comencé a tener pensamientos suicidas. No entendía por qué siempre había estado feliz con mi vida y de momento quería matarme. Yo sabía que eso no era lo que yo quería, sabía que algo andaba mal.

Mi primera parada antes de ir al médico fue Google. Allí leí que, efectivamente, estos síntomas era provocados por los medicamentos. De inmediato los descontinúe y ahí comenzó la segunda etapa: romper frío, como una adicta. Me revolcaba del dolor y mi piel se erizaba cuando respiraba. Le gritaba a mi mamá: “¿Qué es esto?”, “¡Dame la pastilla!”, “No aguanto más”.  Esta horrible experiencia se repitió tres veces. Siempre volvía a los medicamentos porque mi dolor nunca cesaba. En casi cuatro años acudí a innumerables citas médicas y siempre salía con al menos cuatro recetas de sustancias controladas, como: Oxicontin, Neurontin, Lirica, Cymbalta, Percocet, Utran, Ultraset y Morfina, entre otros. Además, tenía que tomar otros medicamentos “normales” para contrarrestar los efectos secundarios de los primeros. Cuando tomaba estas píldoras no era yo, no me reconocía. Hasta lograr una oración completa era cuesta arriba. En muchas ocasiones no podía levantarme de la cama o cuando lo lograba mi alma no estaba en mi cuerpo. Me deprimí tantas veces que ya sentía que la depresión era mi nueva personalidad. No parecía encontrar una solución, no podía escapar de mi cuerpo ni eliminar los medicamentos.

Había leído mucho sobre el uso del cannabis para manejar el dolor crónico como el mío. También tenía muchos amigos que me alentaban a que lo considerara, pero –por las razones ya explicadas– no lo veía como una opción. En realidad, las dos alternativas parecían ser tomarme los medicamentos y aprender a bregar con el efecto secundario o simplemente vivir con más dolor. Era infeliz.

¡Y un día fumé!

Fumé, sí. Sentía que traicionaba a mis papás, pero la culpa se fue cuando experimenté cómo en menos de quince minutos mi dolor mermó de un nueve a un tres en su intensidad. Después de casi tres años, esa noche dormí profundamente. Sentí que mi alma volvía a mi cuerpo. Sin embargo, a mis 27 años, el catholic guilt me persiguió y, como no me sentía tranquila, volví a los medicamentos.

Pero la diferencia era del cielo a la tierra. Estaba decidida a dejar los medicamentos y solo fumar cannabis para manejar mi dolor. No quería hacerlo en la calle, prefería hacerlo en mi casa. Así que estuve algunas semanas pensando cómo se lo iba a decir a mis papás. Entonces llegó el día, me armé de valor y le dije a mi mamá: “No beberé más medicamentos, me consiguieron marihuana y fumaré”. Necesito ser yo otra vez. Mi mamá me dejó de hablar por varios días. Su única comunicación era enviarme artículos de cómo la marihuana mataba y era adictiva. No me importó.

Pasó el tiempo y en una de mis visitas de rutina al médico internista se lo conté. Su respuesta fue: “Tomaste una buena decisión, es más, aquí está tu recomendación para que saques la licencia y lo hagas legal”. Luego de esperar algunos cinco meses por esa licencia tan valiosa me senté otra vez con mis papás y les expliqué. Sus caras de espanto son inolvidables. Pero, de nuevo, no me importaron. Ese día me comí la “galletita premia” y dormí toda la noche feliz. Mami entró a verificarme algunas siete veces en la noche, pero se dio cuenta de que yo estaba bien. A la semana de verme comer galletas de cannabis su perspectiva cambió. Un día me dijo: “He visto tu cambio de humor, de personalidad y alma en estos pasados tres años. Ahora estás volviendo hacer tú, así que la marihuana es lo que es”.

Créanlo o no, ahora mi familia es cannabis friendly. Si digo que no tengo de mis galletitas, todos se vuelven locos y hacen lo imposible por llevarme a comprarlas. Mi papá se sienta a fumar su Winston mientras yo inhalo de mi pen. ¿Chocante? Sin duda alguna, no tienen idea de lo raro que se siente, pero volver al dolor no es una opción. El cannabis tiene ciertas propiedades que me ayudan a ser yo misma y que me han devuelto a la vida.

Ahora, mientras espero por mi segunda cirugía de la espina dorsal, me como mis galletitas y celebro la aceptación de mi familia. Rompí con lo conservador, con el tabú y con el qué dirán; este es un gran milestone para mí. Quiero ser portavoz de mi cambio, quiero hacer conciencia del daño físico y emocional que los medicamentos me causaron y pueden causar a quien los consuma. Quiero ir a decirle a mi familia paterna que fumo cannabis y he vuelto a la vida. Que no me importan sus pensamientos que prefiero que me deshereden antes de volver a tomar una Tramadol. Quiero que tú que me lees vayas a donde una persona en dolor y le cuentes mi historia. Quiero que se acabe el tabú, quiero que alguien más sepa que después del dolor hay otras vías posibles para volver a la vida.


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Ana Marie Rivera es publicista de diploma y profesión. “Me gustan las flores, el café, los perros y hablar rápido. Soy experta en papelones. No soy gorda estoy rellena de amor. Soy un alma tropical viviendo en Chicago”. Esta es la primera de sus crónicas breves de la vida en la Ciudad de los Vientos.

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