Esos niños tienen miedo

Boy sitting with head down on classroom desk

Sonó el timbre. Los estudiantes y la facultad de maestros caminaron hacia el patio. Allí se saludaron y se acomodaron en largas filas. Los varones a la izquierda. Se aseguraron de tener la camisa dentro del pantalón y de que el celular no se asomara por los diminutos bolsillos del uniforme. Las féminas a la derecha. Arreglaron las arrugas de su falda, se acomodaron, detrás de las orejas, un mechón de cabello que insiste en perseguir al viento. Su perfume se estiró, recorrió el patio y alcanzó a los niños de kínder. “¡Qué rico!”, exclamaron. Las maestras asintieron, ordenaron silencio y se prepararon para escuchar el himno nacional.

Las canciones terminaron. La principal ofreció un saludo de bienvenida acompañado de un discurso protocolar. Allí casi todos han escuchado uno de esos. Los que no, están solos por primera vez. Eran un diminuto rebaño frente a la maestra de prekinder. Se apretaron unos a los otros. Compartieron sudores, temblores y miedos. Por su mirada pasó un desconcierto filoso acrecentó la inseguridad de estar alejados del cobijo de los padres. Ninguno está tranquilo. Contienen el llanto, pero el pavor crepita como las brasas al convertirse en una llamarada.

Fue el primer día. El cordón umbilical se resquebrajó dejando restos mal partidos y sangrante. De ahí se vertió la niñez y entró la adolescencia. Se amargaron el alma con las ansiedades de la juventud y saborearon la adrenalina de conducir solos por primera vez. Luego, cuando sus pancitas se llenaron de adolescencia, esta se cuajó. Igual que la leche. Al terminar de solidificarse la adultez, el espacio alrededor del corazón fue minúsculo. En algún momento miraron al pasado y con nostalgia recordaron los momentos en que fueron niños. Lloraron. Lo que era duro se ablandó, el hombre o la mujer se volvieron viejos y murieron.

La principal se despidió. El niño entró al salón. Sintieron miedo a causa de la epifanía de una larga vida y la ignorancia de si será dulce o amarga. Se apretaron y en tácito acuerdo deciden jamás separarse.

Hoy, la mayoría olvida lo que sintieron. Para otros, la ilusión persistirá como el recuerdo de un sueño. La olvidarán. Vivirán. Envejecerán. Morirán. Una semana después del encuentro con el destino, los niños se divierten. Tienen miedo, pero solo de las cosas que no entienden.  


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Gerardo A. Serrano es un orgulloso patillense que emigró a San Juan para realizar sus estudios universitarios en la Universidad del Sagrado Corazón. Graduado del bachillerato en Educación, y con una maestría en Creación Literarias en curso, Gerardo Serrano se encamina hacia el mundo literario.

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