Reseña: Una aventura Coral en Pittsburgh

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El coro de la Escuela Superior Dr. Manuel de la Pila Iglesias, en Ponce, cuenta con cerca de 60 años de historia. Foto suministrada

Cuando era adolescente, hace solo unas cuantas primaveras, pertenecí al coro de la escuela intermedia donde estudiaba. Aunque por alguna extraña razón yo siempre me quedaba sin voz en los pocos conciertos que ofrecimos, esa experiencia marcó mi vida. Por supuesto, en aquel momento todavía no tenía en la mente que, muchas primaveras después, reviviría constantemente la experiencia con mi hijo adolescente, quien es parte del coro de su escuela, en donde yo también trabajo como maestra de educación especial: la Escuela Superior Dr. Manuel de la Pila Iglesias, en Ponce. Por eso sé, por partida doble, que pertenecer a un coro no es una decisión que se tome a la ligera. No se trata solo de tener el registro vocal adecuado, sino de tener gran compromiso. Y, por supuesto, de que aparezcan las oportunidades para rendir al máximo el talento y las horas de ensayo.

Teniendo todo esto en mente, me pregunto, quién hubiese pensado que los estragos del huracán María abrirían los cielos para que el coro de la Dr. Pila, como se le conoce a nuestra escuela, enamorara a un grupo de la Federación de Maestros de los Estados Unidos (AFT, por sus siglas en inglés) durante su visita al plantel tras el huracán. Quién hubiese imaginado que ese grupo coral, que lleva constituido cerca de sesenta años y que ese día entonó una canción compuesta en 1973, cuando la mayoría de sus integrantes no habían nacido, sería inmediatamente invitado a cantar ante cinco mil personas en la convención de la AFT en Pittsburgh. Sobre todo, quién hubiera imaginado que me tocaría junto a mi hijo vivir la experiencia del reconocimiento y de una travesía que marcaría la vida de todos.

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Diecinueve estudiantes del coro pertenecen al Programa de Educación Especial, del cual la autora de este texto es maestra

Diecinueve estudiantes de Educación Especial son parte de nuestro coro y la mayoría nunca se había montado en un avión. Así que esta aventura coral fue más allá de sus expectativas. Pero en esos tres días de visita a Pittsburg nuestros estudiantes dieron cátedra de compromiso y esfuerzo, demostraron de qué estaban hechos. Fueron días de aprendizaje y también de comprobar que han hecho un gran trabajo junto a su maestra de coro. Orgullosos caminaban del hotel hasta el centro de convenciones y en el camino las personas los detenían para felicitarlos. En esos tres días les puedo asegurar que no era el sol el que nos iluminaba, eran los rostros de nuestros estudiantes llenos de orgullo al saber que van por buen camino.

Y es que aun cuando tuvieron la oportunidad de disfrutar de algunos eventos, como ver un juego de pelota de los Piratas de Pittsburgh –hogar de nuestro Roberto Clemente–, ir a jugar bowling y visitar un museo de ciencias, todos estaban bien conscientes de que fueron a trabajar para dejar muy claro lo que logran las Bellas Artes en un grupo de estudiantes que, aun con sus retos, están llenos de sueños y aspiraciones.

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El grupo de estudiantes, maestras, madres y estudiantes también tuvo la oportunidad de recrearse en la ciudad. En la foto, aparecen vistiendo la monoestrellada en un juego de béisbol.

Y esto me lleva a comentar la frustración que provoca la posible pérdida de tan maravilloso programa en nuestras escuelas. Sin las Bellas Artes viajar a Pittsburgh no hubiera sido ni una posibilidad. Gracias al compromiso de la maestra de coro y de nuestros estudiantes, la ciudad de Pittsburgh, que hace muchos años tuvo la gloria de disfrutar de nuestro  Roberto Clemente, pudo iluminarse con las maravillosas voces de un grupo de adolescentes dispuestos a colocar el nombre de su Puerto Rico en alto.

Por eso: ¡Qué vivan las Bellas Artes! ¡Qué viva la música Coral! ¡Qué viva Puerto Rico!


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Marta Raquel Montero es madre, mujer, maestra, la reina de un príncipe, la rosa de un principito. En guerra por un corazón roto y partiéndome la vida por un doctorado. Amo leer, escribir y anudar. Vivo nadando en un mar de metáforas y soy amiga íntima del sarcasmo.

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