1999: esperando al Chupacabra a la orilla de la carretera

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Quizás tenía diez años cuando juré por mi colección de Polly Pockets que vi al Chupacabra. Papi manejaba por alguna carretera de la montaña cuando tras percibir el cambio de luces de mi tía, que nos seguía en su carro, nos alineamos en el paseo de emergencias. A mi tía la seguía en su auto mi padrino, su hijo mayor, y creo que Enid, mejor amiga de mi tía, también venía en la caravana. Como era costumbre cuando todos estábamos en la Isla, la familia se reunía para ir a la montaña, a los festivales de pueblo o a cualquier otro evento que sirviera de punto medio entre Ponce y San Juan, ciudades en las que nos dividíamos. Aquella distancia parecía monumental, pero ahora, que todos se fueron y de los primos mayores quedamos solamente mi prima Marieli y yo en la Isla, esa idea me parece ridícula. Tan ridícula como decir que vi al Chupacabra, pero les prometo que esta columna es sobre algo más que un monstruo.

Al detenernos en el paseo de emergencia, todos se bajaron de los carros, incluyendo a mis papás que me dejaron en el carro con los cristales abajo. También se bajó mi primo Pedro, al que yo seguía en edad y cuyo pasatiempo era asustarme siempre que iba a Ponce. Recuerdo que un día me dijo que yo tenía una Cabbage Patch en la panza y me dejó sin dormir por semanas. Era obvio que en la panza no tenía más que un exceso de pizza de Kmart, pan de La Imperial y Malta India, pero la idea de una muñeca viva en mi interior conducía irremediablemente a la estampa de Chucky con un cuchillo en mano. Por eso, pensé que no era la mejor opción preguntarle a él qué pasaba, por qué nos habíamos detenido en medio de la carretera casi al atardecer.

El terror en los noventa’ se materializaba de muchas formas. El mismo año del estreno de A Child’s Play –la película de Chucky–, los niños de la Isla experimentamos el miedo a desaparecer como ocurrió con Rolandito, un niño de cinco años que fue secuestrado en el patio de su casa y cuyo paradero nunca se supo. Antes de Rolandito había sido Odalys, una recién nacida secuestrada del Hospital Ryder, en Humacao, que fue rescatada cuatro meses después. Entre Rolandito y Odalys estaba el terror infundido por el Chupacabra, aquel ser que succionaba la sangre de los animales y que de repente todos comenzaron a ver. Con el Chupacabra también venía la sospecha de que los extraterrestres sí existían. Entonces, entre lo insólito y lo gracioso, el terror se instaló en nuestras casas. A través del televisor, programas como Ocurrió así y luego Primer impacto se encargaban de que no olvidaras que tú también podías ser víctima de cualquiera de las anteriores. En el colegio, este era el tema del día. “¿Los extraterrestres son hijos de Dios?”, preguntó alguno de mis compañeros. A lo que el maestro respondió que si estaban bautizados, sí. “Tendrán que confesarse”, pensé.

Así mi infancia estuvo rodeada de una forma de miedo que ahora recuerdo a propósito de la supuesta Gárgola que algunos han avistado por la Isla. No era en sí el miedo por lo desconocido, sino el miedo a desaparecer sin que nadie supiera nunca ni cómo ni dónde encontrarme. En las noches el crujir de las puertas o cualquier iluminación “extraña”, me quitaba el sueño. Por si las dudas, llegué a dejar un testamento escrito en mi diario de Lisa Frank. Legaba mi colección de Barbies, de lápices de Hello Kitty y de bisutería de Claire’s a mis amigas del colegio y el dinero de mi alcancía a mis papás. Tanto era el miedo que desvelada dejaba la imaginación volar y terminaba pensando cosas como que tal vez el cielo, ese lugar al que podían ir las niñas de bien y los extraterrestres bautizados, no era tan bonito nada. ¿Cómo se encontraría uno con la familia entre tanta y tanta gente? Tal vez en el infierno uno se encontraba más rápido… De día, el miedo continuaba. A primera hora salía al patio a comprobar si el Chupacabra había pasado por allí. Eso de no hablarle a los extraños lo seguí al pie de la letra y sumé a Rolandito a mis oraciones al Ángel de la Guarda. “Que aparezca”, era la plegaria.

Así también pensaba aquella tarde a la orilla de la carretera. Mientras los demás cambiaban la goma del carro de mi tía, yo miraba a la maleza y rezaba: “Que aparezca”. Si todos lo veíamos, entonces, por fin, podría acabarse la locura y el miedo nacional; yo, podría dormir. Años después supe que el mito vive de la intermitente aparición. Así también es el deseo, se esfuma cuando se concreta. Mito y deseo siempre se prueban efectivos para desviarnos de lo prioritario, no importa que en el camino hagamos el ridículo. Y del deseo por el mito, por conquistar lo insólito, lo extraño, lo ajeno, ni hablemos: este es el vicio nacional. Por eso, tal vez, El Monstruo –chupacabra o gárgola– piadoso de nosotros se deja ver de vez en cuando. Sabe que nos fascina, creamos en él o no. Mejor si persigue cabras o corderos, pequeños y dóciles rumiantes, víctimas que no se resisten, que no cuentan. Después de todo, nuestro escudo es un cordero y desde hace mucho tiempo nuestros muertos y muertas no cuentan.

Aquella tarde cuando papi y mami regresaron al carro les dije que lo había visto, al Chupacabra. Se los juré. Lo describí como lo describían todos: mitad hombre, mitad perro, un ser desconocido. Me gusta pensar que papi dijo en aquel momento lo que repetiría después muchas veces: “Me asustan más los conocidos”. Ellos encendieron el carro y echamos a andar. Fingieron creerme, entonces yo fingí que no sentía miedo. También me gusta pensar que esa noche dormí mejor, que en las próximas noches de 1999 no sentí más miedo, aunque tendría que buscar en los recuerdos si me asustó o no aquella advertencia del reloj maya o el Y2K que anunciaba el fin del mundo el 31 de diciembre de ese año.

 


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Anuchka Ramos Ruiz es autora de No me quierasAutopsia (Ediciones Aguadulce) y Claustrofobia (EDP University). Posee un Doctorado en Estudios de la Cultura y la Literatura de la Universidad de Santiago de Compostela.

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