Nueve paquetes de uvas

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De ellas, mi favorita aún sigue ahí, entre la esquina de la leche y el área de los huevos; al resto se les contraen los sesos como sucede con todo antes de podrirse, y luego se pudren. Siempre las he querido nombrar, una a una, pero me juegan sucio, se me pierden, se escabullen y todo para morir, sin vacilar en la pena que me causa decorar la nevera de cadáveres sin nombre con abominable apariencia de pasa.

Yo las obtengo para mí cuando verdes, brillantes. Si acaso una o dos atropelladas por el desprecio de un agujero en la carretera mientras eran transportadas hacia el supermercado, pero no más. Tampoco me molesta.

¿Qué es uno que otro rasguño en comparación a lo ahuecada que vive la gente por el mundo? ¿Qué ser humano soportaría lo bello de un racimo de uvas si a esa belleza no la venciese algún defecto? Por eso los huecos en la carretera, como un insolente intento de afear las uvas; por eso, el gobierno nunca arreglaría esos huecos. Mediocres humanos perfectibles.

A este propósito, existen tres tipos de humanos. Los que piden perdón frente al Sagrario por sus faltas, los que ven a sus muertos cara a cara extendiéndoles la mano como invitación al más allá justo antes de fallecer y, finalmente, están los agradecidos, sí, los que agradecen a Dios por los insectos y pájaros que ahuecan los viñedos; los violadores de la perfección, eternamente insatisfechos con su condición imperfecta.

Si es que me acuerdo bien, fue una mezcla de torbellino con euforia lo que sentí al verlas en el supermercado. Eran un manjar pecaminoso –de esos que solo se sirven en el infierno– cuando las descubrí ahí, tendidas, acabadas de poner en la sección de frutas. “From California”, dictaba la tabla informativa estampada en el plástico transparente que las cubría como ozono. Me las llevé. Nueve paquetes.

Las arrastré al centro de mi carrito de compra, rápido, una encima de la otra, las pagué y me las traje para la casa. Comí la mitad de algunas y al resto las esparcí ceremoniosamente a lo largo y ancho de mi nevera, no una a una, sino de sopetón, porque no tengo tiempo para destinar el tiempo a plazos; mi agenda siempre llena…

¿Dónde está mi agenda? Ah. En el bolso. La saco. Abro. “Ir al supermercado”. Vaya, ¡casi lo olvido! Tomo las llaves. Salgo de la cocina hacia el auto. Llego y ahí están, de nuevo viene la mezcla de torbellino con euforia en la sección de frutas. Nueve paquetes. Todos son para mí. Cada uva es tan perfecta, brillante. Ruge mi auto y no puedo esperar a llegar, no quiero atrasarme. ¿Dónde está mi agenda? 

 


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Marimar Sotelo Padrón, graduada de Humanidades de la Universidad del Sagrado Corazón. Eterna amante de las palabras, la buena comida, los viajes con mochila y la conversación.

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