Páginas vacías

Tengo más de quince libretas de apuntes con la mitad de las páginas en blanco. Cada una es un intento de orden, la búsqueda de una nomenclatura para aterrizar ideas, tareas, deudas, recetas, peso y pulgadas, y hasta sueños. Tengo una libreta para todo, o quiero tener una libreta para todo. Escribir me da un sentido de control, tantísimas veces falso, pero de sentidos y percepciones se va construyendo la realidad.

Mis libretas, en esencia, llevan listas. Aprendí este arte con mi mamá, experta en nomenclaturas caseras. Ella me enseñó que el caos puede contenerse un bullet a la vez. Después, me inscribió en una clínica para bajar de peso –la primera de muchas– y aprendí a llevar listas de todo lo que comía. Luego vino el filme Harriet the Spy. Entonces se me ocurrió llevar un registro de vendettas. En tercer grado hice una lista de pequeñas venganzas contra las niñas que me decían gorda. Destruí aquella lista porque, aunque no me descubrieron como a Harriet en la película, no tardó la culpa en consumirme.

Esa es otra categoría de listas: la culpa. Esa la aprendí bien en el colegio católico donde estudié, entre la cuenta de pecados y Ave Marías recetados.

Empecé una vez una libreta de cómo ser mejor niña. Menos mal que distintas #nastywoman me enseñaron a escapar de los peligrosos checklists de la perfección y la bondad. Así llegué a hacerme experta en listas de “nuevos comienzos”. Me he mudado tantas veces, entre ciudades y países, que más de una vez he reorganizado con lápiz y papel una nueva posibilidad de ser: San Juan, Santiago de Compostela, Madrid y South Bend.

Me entrené en la búsqueda de orden, por eso las libretas. No conocemos mucho más los académicos que no sea ceñirnos a una disciplina. Romper con esto requiere estar feliz con tener pocos amigos igual de irreverentes que tú. Tanto era mi angst por el orden que dediqué tres años a una tesis que se basa en buscar patrones en cuentos de Cortázar. Cortázar, que de petit bourgeois se transformó en hombre nuevo.

Cada libreta es un desafío a la incapacidad humana de hacer, vivir, sentir todo; documentar la existencia, entre lo abstracto y lo concreto, es una tentativa hacia lo pleno. También las páginas en blanco son una huella. Explicarlas es narrar otra versión de la existencia: lo que no ha sido, lo que he dejado a medias, lo que olvidé.

En el distanciamiento social he retomado las libretas. Rebusco lo inconcluso, lo diseco. Volver a lo pendiente con los ojos del ahora es lo más cercano al deseo de volver a la infancia con la conciencia del adulto. ¡Cómo me hubiera reído de las nenas que me decían gorda! 😉

Volver al espacio en blanco para redimir el tiempo, para susurrarle al espíritu otras maneras de ser o hacer. Habita siempre en el desorden una lógica. Habita en la página vacía un hiato de la historia propia.

Tal vez, como dice mi amigo Javier de Jesús, allí se cifran los #futurosposibles.


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