Ser tía y ser isla

Hace 23 años, un día como hoy, llegó al mundo mi sobrino Geremy. Recuerdo el día. Me desperté y solo estaba papi en casa. “Se fueron al hospital”, me dijo. Geremy nació, como nace los niños en la clase media: con el sueño del pan debajo del brazo. A su papá le tocó enlistarse. Antes de nacer, mi hermana le compró un mameluco con estampado de limones. Su primera sesión de fotos fue con ese mameluco. Siempre que corto un limón, lo recuerdo.

Lo bautizamos. Poco tiempo después, Geremy aprendió a gatear. Poco tiempo después, mi hermana se fue a vivir a una base militar en Texas. Su historia no me corresponde contarla.

Lo que sí les puedo contar es de cómo se siente que te arranquen un pedacito de corazón y cómo aprendes a vivir sin ese pedacito. Nadie nunca recopilará en las estadísticas los huecos que deja la migración.

Geremy creció en Estados Unidos, creció tanto y tanto que se hizo también militar y, con la fortuna del destino, encontró el amor en una hija de emigrantes ucranianos y argentinos. Geremy colecciona armas y se le hace difícil entender los principios liberales de papi, también los míos. Geremy me traduce cuando hablo inglés, habla perfectamente español. Geremy ha viajado otros continentes, ha atravesado el mundo uniformado. Nunca estuve en Roda, España. Geremy sí. Los dos sabemos de los estragos de los bares españoles, pero nunca hemos estado en uno juntos. Ojalá, un día sí.

Nadie nunca sabrá lo que se supone fueran los domingos compartidos. Nunca nadie sabrá cómo hubiésemos manejado la constancia de sabernos cerca, la constancia de ser familia.

Querer no comprende de supuestos, así que nos queremos. Con todo y los hiatos, se va perfeccionando el lazo. Nos construimos en el imaginario de la tía y del sobrino. Nos hacemos eco del último instante compartido. Y así la vida.

Geremy nació un 1 de mayo. Su cumpleaños convive en mi memoria con la salida de la Marina de los Estados Unidos de la isla municipio de Vieques. No recuerdo en lo inmediato si fue antes o después. Recuerdo los amaneceres sin sol en que mami me despertaba para que viera el arresto de los desobedientes civiles. Frente al televisor papi repasaba los nombres. Aprendí que eso era la injusticia: el amarre de las manos por un pedazo de plástico contrario a toda lógica, la lucha por un pedazo de tierra que tiempo después nadie limpiaría.

Madrugada tras madrugada me despertaba la nueva ronda de arrestos. Sería luego el llanto de Geremy, a quien le cedieron mi cuarto, el que me diera las coordenadas del insomnio.

Recuerdo la salida de la Marina. Recuerdo aquella inmensa protesta en el expreso Las Américas para que la Marina, de una vez y por todas, se fuera. Recuerdo que San Juan me parecía tan lejos de Ponce, aquella ciudad al sur en la que nací. Siempre todo pasaba en San Juan.

Recuerdo que en el colegio nos repartieron unos trozos de papel que doblamos a modos de bandera y cuando sonó el timbre, aquel día de la marcha, salimos ondeándolos en alto. Ninguna monja nos explicó qué estaba bien o mal. Asumí que era la Marina lo que estaba mal. Tenía nueve años y el mar parecía inofensivo.

Puede la vida y la muerte convivir tan fácil como las caras de una misma moneda. Puede la esperanza siempre inscribirse allí donde se respira.

Ser tía y ser isla parecen eso, las dos caras de una misma moneda. Mi familia ha sido fragmentada por las migraciones y nos apañamos con las videollamadas y los paquetes para acercarnos. Mientras, esperamos a la próxima boda o bautismo. O simplemente a la próxima ronda de billetes de avión en rebajas. Aprendimos a que el amor es perpetuo, pero el encuentro siempre queda en suspenso.

Todas las familias son un misterio, dicen. Pero las familias migrantes son más que eso, son una apuesta milagrosa a la posibilidad de coincidir en otras geografías.

Las tías vivimos para eso, para la apuesta y el encuentro. Las tías que nacimos en el Caribe vivimos para creer que, alguna vez, recuperaremos el corazón repartido en tantístimos trozos.

Alguna vez, tal vez, estaremos completos.

One thought on “Ser tía y ser isla

  1. Yo me siento exactamente asi de identificada. Mis respetos por ese tan cierto y conmovedor relato. Bendiciones a Jeremy y a todas las titis q como tu yo yo soñamos con tenerlos cerca bien cerca.

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