Las madres son un misterio

La maternidad es un misterio. Se instala entre la magia y lo humano, entre las instantáneas de felicidad y los episodios de miseria, en un circuito del encuentro al desencuentro, entre lo intuitivo y lo aprendido. Las madres son un misterio. Se inscriben en la memoria de tantas formas, todas distintas. Mirarlas desde el recuerdo puede ser un saludo a la nostalgia, a lo sublime, también a lo doloroso o lo ausente.

Las madres son humanas, no todopoderosas. Saberlas humanas es aprender a respetarlas, amarlas, dejarlas ser, para uno poder ser.

En anticipo al Día de las Madres, invité a unos amigos a hablar del misterio, a través de una memoria de sus madres.

Úrsula, guapa

Úrsula López Elías
Escribe su hija Enid Martí López

Tendría mami 73 años cuando ingresó al hospital con diagnóstico de cáncer de riñón. El día antes de la cirugía fui a verla junto con mis primas. La gran sorpresa fue encontrarla como una diva acostada con una hermosa negligé de seda y encaje y una bata espectacular que le cubría toda la cama. Al caminar la larga cola de la bata volaba por todo el cuarto.  La risa fue tanta que no podíamos hablar. A cada hora ella tenía que recoger la orina en un envase especial y con tan fabulosa vestimenta se le hacía muy difícil. Finalmente la convencimos de que se quitara la bata.  Siempre recordaré su cara. Se sentía tan orgullosa de, a pesar de todo, ¡estar tan bien vestida para la ocasión!


Nilda, la alegría

Nilda Martínez Peña
Escribe su hija Dina de Pablos Martínez

Crecer junto a Nilda fue crecer escuchando la música de Rafael Hernández, Silvia Rexach, Pedro Flores, Myrta Silva. Juntas vimos West Side Story y me sacó del cine en medio de la película Georgie Girl. Con Mami aprendí a bailar el chachachá y a llorar hasta en los comerciales. Crecer con ella incluía domingos de cine, arroces con salchichas amogollao’ y el rico pudín de pan, su especialidad. Desde joven comprendí que disfrutar las tres horas y cincuentiocho minutos de Gone with the Wind formaba parte del quality-time familiar. Crecer con Nilda, es ser la mujer que soy hoy.


Natividad, la resiliencia

Natividad Ruiz Montañez
Escribe su hijo José Manuel Lozano

Desde que nací me cuidó como si hubiese salido de su vientre. A los 18 años me recogió de la calle y me llevó a vivir con ella. Mami es recta, humilde y muy trabajadora. Calzó su primer par de zapatos a los 15 años. Quería estudiar estilismo, pero no tenía los $0.05 para la “pisicorre” de Patillas al Instituto Tecnológico de Guayama.

Cuando murió su esposo, quien fue un padre para mí, Mami necesitaba un permiso para abrir una tumba familiar y sepultarlo. El personal de la Oficina de Salud Ambiental le puso varias excusas y se opusieron a venderle un lote para construir un nuevo panteón. “El cementerio está lleno”, le dijeron aún en su dolor. Hubo un silencio frío en el lugar, solo se escuchaba el eco del aire acondicionado. Mami se atrincheró frente a la ventanilla, fijó su mirada y con voz avasalladora exclamó: “O me das el permiso para abrir la tumba y enterrar a mi esposo, o me llevo el muerto pa’ casa, lo hago sancocho y te lo traigo. Porque en casa muerto yo no lo quiero, vivo sí, pero muerto no. Tú decides”.  Minutos después, estábamos en el cementerio con permisos en mano para que mi papá descansara en paz y no terminara hecho sancocho. Esa serenidad, esa fortaleza ante la adversidad, su seriedad, su determinación de sí o sí, y su resiliencia, me acompañan. Hoy, recordamos la anécdota y nos reímos. Existe entre nosotros una complicidad única.


Marta, la dulzura

Marta Molina
Escribe su hija Lumar Ayala Molina

Marta es dulce, es empática, de valores cristianos indestructibles, es mi mamá. Marta es poesía, así como le gusta a ella escribirla, con mucho corazón, sentimientos y propósito. De ella aprendí a querer con pasión y a no condicionar mis “te quiero”. Mi mamá ama desmedidamente y pone primero a quien necesite ese abrazo de oso que la caracteriza, el abrazo que recarga energías y apacigua los demonios, el abrazo que te deja saber que todos tus esfuerzos temprano que tarde habrán valido la pena. Marta es madre, hermana, hija, líder, esposa, consejera, cómplice y mejor amiga.


Gilda, la fuerza

Gilda Pérez Moreno
Escribe su hija Maité González Pérez

El día que mi madre regresó tras un viaje de trabajo estaba yo sentada en el portal de la casa de mis abuelos, junto a los jazmines. Era de noche. Tenía 4 años y recuerdo la sensación de extrañarla, mucho. “¿Cuándo llega mi mamá?”. Nadie sabía. Como por encanto, recuerdo ver un carro estacionarse frente a la reja de hierro forjado y una silueta caminar por el jardín, y a mi abuelo gritar: “¡Es tu mamá!”. En un salto estaba agarrada de su cuello y su cintura. Recuerdo escucharla reír, sin soltar las maletas. Me traía una muñeca que hubiese salido volando de la maleta. Pero allí estaba mi madre paralizada, riendo a carcajadas, firme, para que no se cayera nada, incluyéndome, aferrada a su torso como una liana buscando ramificar. Esos segundos, o minutos, allí en su cuello, parecieron eternos, magia, aún puedo olerlos. Momento pleno, paz absoluta, felicidad. Gracias, madre, por no permitir que nada se caiga, por no dejarme caer. 


Sonia, la diversión

Sonia Ruiz Pérez
Escribe su hija Anuchka Ramos Ruiz

A los casi 40 años mami tuvo la nobleza de recibirme en el mundo. La conocí después de su juventud, sin su madre, tras otros amores, con las rodillas cansadas. También la conocí intensa, guapa, feliz, dramática, ingeniosa. Mami me enseñó a buscar alegría en todo. Montó una escuelita en la sala con un pupitre que papi sacó de la basura y una pizarra que tuvo dos meses en lay away. Así me enseñó a leer. Cocinábamos como si fuera un show de cocina y me dejaba pedirle a las cajeras que me dieran las cosas en bolsas separadas para sentirme como Julia Roberts en Pretty Woman caminando por Rodeo Drive. Para convencerme de que bañarme no era una pérdida de tiempo, mami me enseñó una coreografía. Al terminar el baño, abría la cortina al estilo de un musical y cantábamos “¡Ay, qué rico es bañarse!”, haciendo el baile de las rockettes. Si no había alegría, no había nada. Cuando papi le bajaba el volumen de la música o nos abochornábamos cuando empezaba a bailar en cualquier lugar con música en vivo, mami se molestaba y decía: “Dejen de chuparme la alegría”. Ahora, a mis 30 años, entiendo que esa es una de las peores amenazas que se puede tener en la vida. Gracias, mami.

3 thoughts on “Las madres son un misterio

  1. Hay me sacaron un suspiro. Es una emoción serena. Recordar la madre es volver a verla. Sentir su voz y su piel suave y cariñosa.

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